domingo, 18 de agosto de 2013

La casta. 2

2

¡De repente! Sonó el portazo. Se habían dejado la ventana de la sala de estar abierta y la corriente de aire empujó la puerta al cerrarla. Jorge de espaldas, giró rápido para agarrar el pomo, pero no lo evitó. Las cortinas volvían a su posición al bajar el flujo de la corriente de aire.

Más tarde, sentado en la cocina esperó la llegada de su mujer. Encendió otro cigarrillo. Observó el mobiliario de la cocina, repasándolo varias veces. Mató el aburrimiento buscando moscas dónde no las hay. Perdía la vista en la mesa, en los dibujos coloreados. Tosió un par de veces.

Era una cocina estrecha. Desde la puerta, a la derecha el fregadero, poyo y quemadores eléctricos. Armarios encima con la vajilla y su despensa. A la izquierda, una mesa plegable. Sobre ella, un hule estampado. En la pared de la mesa, la ventana que daba al patio interior del edificio donde los vecinos secaban la ropa colgada en los tendederos. Bajo la mesa estaban los taburetes que usaban para sentarse a comer, y a veces, como escalón para llegar a los anaqueles más altos. Al fondo, una nevera de dos bloques. Congelador en la parte baja y mantenedor en la superior. Tenía algún golpe en la puerta de abajo así como óxido en las esquinas superiores. Todo el mobiliario era de tonalidades crema. El alicatado, viejo, de azulejos, algunos rotos y con flores.

  • Hoy parece que se levantó con prisa. – Pensó viendo la loza sucia del desayuno en el fregadero y dicho esto, Juani llegó del trabajo.
  • Hola – Lo saludó y se fue al cuarto a quitarse la ropa.
  • Ven a la cocina, te tengo que contarte algo – Jorge habló.
  • Espera, me estoy cambiando. ¿Recogiste a Eva?
  • La dejé con Sofía.
  • ¿Otra vez? - Preguntó con un tono de enfado.

La mujer llegó a la cocina poniéndose una camiseta.

  • ¿Qué me quieres contar?
  • Me dieron trabajo.
  • ¡¿Dónde?! - Juani, saltó de alegría.
  • El ayuntamiento, de pintor. Es por unos seis meses pero puede durar más.
  • ¡Ya iba siendo hora de que nos salieran las cosas! Espero que no se fastidie. - Dijo en referencia a todos los trabajos anteriores que había tenido su marido. Su irresponsabilidad con el mundo laboral era tan grande como su hábito de fumar. Pero es que tampoco les hacía falta. Si se veían muy mal siempre estaba la ayuda económica de Sofía que no ponía ningún reparo en darles cantidades ingentes de dinero y vivir en la abundancia para una familia de esas de clase cada vez más empobrecida.

  • Mamá no está contenta. Dice que ve peligro en este trabajo. Que es poco. No sé si merece la pen...
  • ¡Estoy harta de lo que piensa tu madre! - Cortó tajante
- ¡Nos hace falta el trabajo y punto! ¡Que yo soy la que trabaja y tengo derecho a descansar! ¡Que llevamos tres años con la misma mierda! ¿Tu madre? ¡Lo único que hace es criticar todo lo que hago! ¡Siempre insultando esa vieja! ¡Estoy ya harta de tu madre y de ti! ¡Siempre igual! Cada vez que has tenido un trabajo no te ha durado nada. Siempre porque tu madre no le gusta. ¡Pues este, lo vas a coger! – Le señaló amenazante con el dedo índice - ¡Quiero descansar ya me hace falta unas vacaciones! ¡Ya es hora que te muevas! ¡De casa a la playa y vuelta! ¿Qué te crees que voy a mantenerte? Si no fuera por Eva.

Jorge calló Y bajó la cabeza. Apagó el cigarrillo en un plato que ya estaba tan lleno de colillas como de ira Juani. Tranquilo, encendió otro. Consiguió enojarla aún más.

  • ¡Cuando vas a dejar de fumar! Todo apesta a cigarros. Deja de fumar, ¡Coño! ¡Qué lo apagues! - repitió por tres veces con rabia creciente.

De un manotazo le tiró el cigarro de la boca. Él parpadeó por la sorpresa. La colilla rebotó en los azulejos dejando una marca negra. Jorge se levantó y se marchó de la estancia. Juani levantó un plato del fregadero. Apretando sus dientes lo tiró al suelo y se hizo añicos. Se giró y apoyó sus manos en la mesa. Bajó la cabeza y comenzó a llorar. En ese mismo momento sonó el teléfono y Jorge respondió desde la sala.

  • Sí... Hola mamá – Una pausa.
  • Nada lo de siempre... Parece que se acabó el... - otra pausa - Sí, iré a recoger a Eva.
  • Es que cada vez dura menos. – un instante de silencio y - Gracias, es lo que necesito. Hasta luego mamá.

Pasaron unos tres cuartos de hora. Jorge miraba la tele. Ella volvía a estar tranquila y relajada. Sonreía y se sentó en el sofá junto a él. Con el carácter totalmente cambiado, meloso, y como si no hubiera pasado nada, le habló:

  • Cariño, si no quieres el trabajo no lo cojas. Podemos salir con lo mío. Se que eres una persona que necesita mucha tranquilidad. Tu madre siempre ha sido una santa, siempre nos ha ayudado con la niña.
  • Esta vez voy a coger el trabajo. Lo hago porque sé que eso te hará feliz. Siempre he querido tener una familia como los demás y gracias a ti, la tengo. Por eso debo trabajar. Todos lo hacen. Tú eres mi ama de casa y yo soy el que debo traer el dinero. Eso es lo que quiero. Mírate ahora. Rebosas de felicidad de ser mi esposa. – Juani asintió con la cabeza y le sonrió. Continuó:
  • Mira lo que me ha regalado mi madre. Dice que esté tranquilo que con esto no pasará nada. Mi madre me dijo que se llamaba sodalita.

La piedra de color gris azulado la llevaba colgada al cuello. Juani lo miró y acercó la mano para tocarlo. Jorge le cogió la mano evitando que tocara la piedra.

  • ¡No la toques! - Dijo suave - Me dijo que no la podía tocar nadie.

Se quedaron en silencio durante unos minutos mirando la tele hasta que Juani volvió a comentar.

  • Me gustaría coger un apartamento en el sur un fin de semana. Con lo que hay ahorrado podríamos hacerlo. ¡Me apetece! Por salir de aquí. A Eva le vendría bien coger algo de sol. A todos nos vendría bien cambiar de aires.
  • Deja que pase un tiempo. Sabes que no podemos, que debemos esperar. Me gustaría ir los dos solos y la niña. Sabes que a mamá no le gusta mucho el sol. - Comentó Jorge.

Se quedaron juntos durante un rato más en el sofá hasta que Juani acurrucada cogió el libro. Por más que se empeñaba no lograba avanzar y quitando el marcador de cartulina continuó leyendo dónde lo había dejado:

“…Llevas mi coche. Llevas un vestido corto, crema y seda. A tu lado, no puedo dejar de mirar tus piernas entreabiertas. Con un pie en el acelerador y el otro en el embrague. Tus rodillas descubiertas y los pliegues de la falda sobre tus muslos.
Da igual lo que hablemos porque en las fantasías… ¡Qué importa!
Coges la autovía conduces con mucha precaución. Primeriza y sin carné. Sólo hace falta que nos pare la Guardia Civil.
¿No has pensado que los peligros imaginados en una fantasía son seguros por eso arriesgamos más? Engancha como la nicotina.
Deseas sensaciones más fuertes y aceleras a la salida de la curva. Miro tu perfil, tu escote, la luz del oriente le da un color especial a tu cara. Es por la mañana y hemos pasado la noche juntos. Salimos del parking del hotel. El cinturón de seguridad entre tus pechos. Así, se separan y están más apetecibles todavía. Llegamos por la autopista a una desviación y no puedo esperar más. Te miro la cara y pongo la mano en tu muslo derecho a cinco dedos de la rodilla. Abres los ojos pero no eres capaz de apartar la vista de la carretera. Estás nerviosa, nunca has conducido antes y te metes en este berenjenal. Intentas mirarme de reojo pero no puedes. El tráfico te agobia. Todos van a trabajar, niños a los colegios, primeros humos de camiones de reparto, la guagua repleta de gente, más coches que entran y salen de los carriles.
¡Tiemblas! Subo un poco más la mano y entonces pícara sonríes. Mi mano se escurre bajo tu falda y acaricio. Noto el torneado de tu muslo. Permanecemos callados. Como si viéramos una película en el cine. Froto suave tu pierna. Noto el calor. En cada vaivén intento subir un poco más. La luz del sol nos invade desde los edificios y amanece en tu escote. Tu respiración se acelera. Igual que tú el coche. ¡Ochenta, cien, ciento diez, ciento veinte! Mi mano sube más y llegó a la ingle.  Mi dedo meñique se desliza para buscar qué encuentra. Quiero sentir tu ropa interior y no hay nada. ¡No llevas nada! Nunca lo pensé, preparada para el juego. Rozo tu vello y tú suspiras. ¡Desaceleras! La caravana se va formando en la autovía. El rodar se hace más lento. Necesitas aún más tu atención. Pero se te cierran los ojos de placer y te dejas llevar por el roce de mi dedo en tu... ¡Frena! ¡Atiende a la carretera! ¡Casi te comes al que sigues! La caravana parada. Te  sonrojas. Miras al pasajero que va en el coche, en el carril izquierdo y nos mira. ¿Habrán notado nuestro juego o ha sido por el frenazo?  Me miras con cara asustada y estás enfadada. ¡Mierda de caravana! Quieres que te bese y veo gotas de sudor en tu frente y en tu cuello. Poco a poco, acercamos las caras. Estamos tan cerca que hemos perdido nuestras caras de vista. ¡Una pita! Y nos separamos. Miras a la carretera, arrancas y sólo dices una palabra, tan bajito que casi ni te oigo. Dices: “Sigue”.
Me colé dentro y tus piernas se abren más. Mi antebrazo ha descubierto todos tus muslos y levantas el vientre. Veo la tapicería mojada. Mis yemas acarician tu sexo metiendo mis dedos en ti. Noto lo empapada que estás y me gustaría beberte. Sigo acariciándote y mis dedos índice y anular entran dentro intento llegar a lo más profundo que me permite esa posición. Consigo que gimas y emitas un pequeño jadeo. Lento abro mis dedos y los cierro. Están húmedos de ti. Me llevo mi mano a la boca y pruebo tu sabor. Te miro a los ojos mientras coges la desviación para entrar en los aparcamientos de un centro comercial. Aparcas y cambiamos la posición. Te levantas y caminas delante del coche. Te contemplo a través del parabrisas. Pasas el dedo por el capó en tu paseo lento hasta mi puerta. Abres y me invitas a bajar. Salgo y ocupas mi lugar. Vuelvo por tus pasos mirándote. Me acerco los dedos a mi nariz. Me hipnotiza tu aroma. Entro en el coche y me siento en tu charco. Arranco y llego al semáforo. ¡Rojo! Paro. Miro a tus ojos. Ves que quiero tu boca. Te sonrío y... Semáforo en verde…”

El sueño pudo más. Volvió a dejar el marcador al principio de la lectura en la misma página, cerró el libro y los ojos. Jorge se levantó.

  • Me voy a por Eva.

Juani era de sueño ligero. Hasta el ruido de una mosca era capaz de despertarla cosa que no ocurría antes de casarse. Pero esta vez el sueño era tan profundo que ni siquiera escuchó la marcha de su marido. Pasadas unas horas despertó, había oscurecido. Fue a la cocina. Recogió los trozos del desastre. Limpió la mesa. Fregó la loza que quedaba. Pasó el paño por la mancha negra de ceniza de los azulejos. Vació el cenicero en la basura y cambió la bolsa. Bajó a tirar la basura en el contenedor. Intentó dar un paseo pero sintió frío y volvió a entrar en casa. Mechó la carne con ajo y menta. Lo dejó en la nevera para cocinarlo al horno y las lentejas en agua. Todo para el día siguiente. Suspiraba cuando terminaba la tarea y se marchó al ordenador. Entró en el “chat” y Ana estaba en línea.

  • Hola.
  • Hola. ¿Qué tal estás?
  • Pues muy bien, mi marido consiguió trabajo.
  • ¡Fenómeno! ¿Ves? ¡Te lo había dicho!
  • Sí. ¿Cómo haces para adivinar las cosas?
  • Naces con un don. Un algo que no sabría explicarte.
  • Me gustaría aprender. Me gustaría tener ese don que dices.
  • Todo el mundo lo tiene, pero hay personas que se dan cuenta. Para empezar tienes que aprender a relajarte. Pensar que tienes un lienzo en blanco donde pintas. Sentir tu propia respiración. Dejarte llevar. Así poco a poco las imágenes te vienen sin más.
  • ¡Que guay! ¿Dónde aprendiste?
  • Yo misma. Me di cuenta desde muy niña. Como te dije, todos lo tenemos pero hay personas, que lo tienen más desarrollado que otras.
  • Me preocupa la actitud de mi marido con el trabajo ¿Qué tal le va a ir?
  • Esta noche miraré y mañana te digo algo. Lee mi blog. Siento que tengo un vínculo contigo como si fueras una hija o una amiga muy íntima desde que te he conocido. Nunca antes había visto la vida de alguien con tanta claridad.
  • Me pareces que eres una gran amiga.
  • Te tengo que dejar. Juani nos veremos pronto. Adiós.
  • ¿Pronto? ¿Cuándo?

Esperó pero no recibió respuesta. Sonó nuevamente la puerta. Había llegado Jorge con Eva. La niña corrió y abrazó a su madre. Le dio un beso en la mejilla.

  • Hola mamá.
  • Hola cariño. ¿Cómo lo has pasado con la abuela?
  • Muy bien, mira lo que me ha regalado... - Le enseñó un colgante con un ágata de color rojo intenso.
  • ¡Qué bonito!
  • ¿Me comprarás la falda en “Johana’s”? ¡”pa’mi” cumple! ¡Andaaaaa!- Dijo excitada dando unos pequeños brincos.
  • Te compraré dos. - Rió Juani.

La tarde continuó tranquila. La niña hizo los deberes del instituto. Jorge paseó por la playa y volvió para ver el partido. Juani planchó la ropa. Cenaron. Y como todos los días sobre las once de la noche, se acostaron. La noche transcurrió muy tranquila. A punto de amanecer, como siempre, Juani fue la primera en levantarse. Hizo el desayuno, puso las tazas en la mesa, café con leche para la pareja, Cola-Cao para la niña y tres bocadillos. El aroma del café se mezcló con el de las colillas. Preparó un bolso con medio pan con jamón y queso envuelto en papel de aluminio, un zumo de melocotón y uva en cartón para Eva. Lo dejó en el mueble de la entrada. Fue al cuarto de la niña y la despertó.

  • Eva... Arriba que llegarás tarde al cole.
  • ¡Voy! – La niña dio un par de vueltas remoloneando pero no tardó ni tres minutos en levantarse. Nunca los padres se quejaron de desobediencia.
  • Vamos, cariño ¡A la ducha! - dijo dándole más prisa a la niña.
  • Pasados unos minutos. La niña estaba en la mesa uniformada con un chándal y tomando el desayuno. Con una servilleta delante para evitar manchas.

Eva cumpliría los doce en diciembre. Tenía el pelo negro que le llegaba a la cintura. La nariz aguileña heredada de su abuela paterna. Ojos negros como el padre. Rasgados, grandes y profundos como su madre. Piel blanca. Labios finos. Delgada en extremo. Sus brazos eran tan flacos que le sobresalían los codos. Las piernas, palillos y muy alta para su edad. Tenía cierta apariencia enfermiza pero atractivo para las hormonas con patas de sus compañeros de instituto.

Finalizaron el desayuno. Eva cogió la bolsa de media mañana y lo metió en la mochila junto a los libros. Abrió la puerta y marchó al instituto. Juani al cuarto y despertó a Jorge que aún dormía.

  • ¡Déjame, ahora me levanto! ¡Me duele la cabeza! ¡Baja la persiana!
  • Ven a comer. Se va a enfriar.
  • ¡No, ahora no! ¡Ya lo tomaré!

Lo dejó en la cama. Recogió la cocina y se marchó a trabajar. Bajó las escaleras del portal y fue a la parada de guagua. Estaban los tres de siempre. Dos chicos que iban a estudiar, reían contando sus hazañas y más que hablar, balbuceaban. El más alto llevaba una gorra blanca ladeada a la derecha con el logotipo de los Yanquis de Nueva York en azul. Camiseta y Chándal ancho. “Nikes” en los pies. El compañero vaqueros y camiseta amarilla. Playeras de lona rayadas con cientos de palabras con letras diminutas que parecían de lejos jeroglíficos egipcios. Los libros en sus mochilas.
Una señora mayor, gruesa, peinada de peluquería y con pelo canoso. Con un traje negro y un bolso carretilla de tela con cuadros escoceses.

  • Buenos días. - Dijo al llegar
  • Buenos días – Sin hacer caso los chicos, le respondió la señora.

La guagua llegó con 10 minutos de retraso. Se pusieron en cola tras la puerta. Juani clicó su billete y se sentó. La “uno” comenzó el viaje, del Puerto al Teatro.

Todos llevaban rostros serios, la mala leche de los recién levantados y las pocas ganas de comenzar con la rutina. El deseo de una primitiva que les sacara de todo aquello se leía en sus frentes. Les despertaba la inercia en el instante en el que el chófer, pisaba algo más fuerte el freno. Al ver que no ocurría nada volvían de nuevo a la somnolencia y a sus pensamientos matutinos.

Desde el ventanal observaba como la ciudad volvía a la vida y comenzaban los primeros atascos. El repartidor del agua Firgas juntaba las cajas en la entrada de un portal para luego cargarlas a hombros escaleras arriba. La camisa marcada de sudor indicaba que no era el primer portal que hacía. Multitud de chicos que iban caminando al instituto. Algún tipo de chaqueta y corbata. Pitas y sonaba, ya a esa hora tan temprana, una sirena de ambulancia. Sí, todo ese ruido de fondo que agradecía aquel rockero en una de sus canciones.

Terminó el viaje en la Calle Francico Gourie, la trasera de Triana y se apeó.

Andando, tardó unos cinco minutos desde la parada hasta el edificio donde trabajaba limpiando. Tocó el portero automático y sin preguntar abrieron la puerta. Comenzó la faena. Se cambió de ropa y se puso un chándal rosa, viejo y de baratillo. Comprado un domingo cualquiera olvidado ya en la memoria en el rastro de Jinámar. Desde el dormitorio escuchó la voz de la señora María, la propietaria de la vivienda:

  • Juani. Me marcho, te dejo sola. Tienes el dinero en la mesa, en el despacho de mi marido.
  • ¡Vale! Que tenga buen día.

Sonaron tacones con prisas por el pasillo y lo siguiente un portazo. 

Sacó el cepillo del armario de servicio y comenzó a barrer. Aquel lujoso ático tenía seis habitaciones y estaba decorado a base de talones con muchos ceros. Jarrones de porcelana china blancos y azules, muebles de diseño, plata, parqué y moqueta. Tapizados en las paredes. Los propietarios se habían gastado un pastón en aquel sitio. Juani miraba con envidia aquel lujo y pensaba lo mal repartido que estaba este mundo. Luego fregó los suelos. Esperó a que se secaran y se puso a limpiar el polvo. Llegó al despacho del marido. Siempre dejaba el ordenador encendido y no pudo contenerse. Dejó el pulverizador y paño en la mesa y se sentó en el butacón de ruedas. Entró en ElFacebook. Había un mensaje para ella:

Hola Juani;
Anoche soñé contigo... Estoy segura que se te va a acelerar el corazón cuando leas lo que voy a contarte. ¡Es muy fuerte! Se ha despertado algo en mí que me ha hecho soñar y ver cosas. Creo que hemos establecido un vínculo entre tú y yo. Siento que te tengo que proteger como una madre a una hija o como lo hacen las hermanas. No sé si son mis deseos de verte bien o si lo que soñé es tu futuro próximo. En el sueño vi que conocías a alguien, va a ser muy especial para ti y con el que vas a establecer una relación que llevarás muy en secreto para no hacer daño a nadie.
Será esa clase de secreto que guardes y que todas nosotras hemos ocultado siempre a nuestros hombres. Verás que te va a dar mucha felicidad pero no tranquilidad.
Hay alguien en tu familia que te va a preguntar por esto e insistirá. Ten cuidado, porque lo único que quiere es que no seas feliz. Esa persona sólo mira por otras personas de tu familia.
En el sueño, estás en dos mundos paralelos: Tu familia y él. Lo conocerás en un sitio al aire libre, cerca del mar. Hay niños que juegan en el agua, con burbujas. Hay muchas personas alrededor. ¡He sentido algo! ¡Lo he visto tan claro, que me asusta, pero al mismo tiempo me alegro por ti! El sueño era tan real que no he podido ver nada sobre tu marido, ni su trabajo. Un beso y hasta que nos podamos ver.

Comenzó a escribir:

Gracias Ana. ¡Me dejas de piedra! Soy feliz con mi marido. No creo que eso que me cuentas pueda ser. Aunque, para ser sincera, ganas no me faltan. A veces me ocurre que siento que estoy obligada a estar con Jorge... Es una sensación que me pasa desde que lo conocí. Estoy muy a gusto con él y luego me enfado, quiero que muera, que desaparezca. Pero luego se me pasa y lo quiero como si se me fuera la vida en ello. De todas formas gracias por tus deseos de felicidad. Cuando puedas dime algo sobre mi marido y su trabajo. Me hace falta saber si esta vez va a hacer las cosas bien. Un beso enorme, estoy deseando conocerte en persona.


Cerró el navegador de Internet y continuó con sus tareas. Mientras fregaba los platos en la cocina pensaba en el sueño de Ana. No dejaba de darle vueltas. Imaginó al hombre de sus sueños rescatándola de un castillo con uniforme azul y se rió de la ñoñería. Luego pensó en su suegra. Estaba segura de que era ella la que quería hacerle mal. Cosa que le hizo cambiar el semblante y terminó la tarde intentando no pensar en Jorge, su suegra y esa misteriosa persona que iba a conocer.


jueves, 15 de agosto de 2013

El silencio

El silencio hace mella en la cordura. La soledad es presente y abofetea a los engreídos. Con martillo y clavos el alma a los sentidos gigantes, esclavos en tu espalda. El vacío de la respuesta y antesala del olvido. Realidad compuesta de imágenes de lo que es y podría haber sido.

miércoles, 14 de agosto de 2013

El mar

El mar, aunque le falte una gota, será siempre inmenso. Estará sereno o bravo. Nunca será menos porque le falten gotas. Porque tarde o temprano todas las gotas volverán a él. Lo importante es que cuando estén todas empujen juntas, para cambiar las mareas.

lunes, 12 de agosto de 2013

El día en que me fusilaron, pero mal.

A Gila.

En mi país hacen todo a lo grande, pero mal. Aeropuertos monumentales en los que sólo aterrizan directores de cine. Aviones gigantes que no despegan porque pesan demasiado. Carreteras comarcales de cuatro carriles en las que sólo transita el tractor del primo del alcalde. Becas para “científicos” que investigan si el agua tiene recuerdos. Elementos con los que se pueda obtener oro. Inventamos un método de hacer movimiento continuo que no funcionaba. Estatuas que no las entiende nadie y que los expertos dicen que son arte. Pabellones de deportes para pueblos de menos trescientos habitantes y con capacidad para diez mil personas. Somos muy patrioteros, eso sí. Pero nos quedaremos en casa si el vecino nos pide ayuda porque se ha roto algo comunitario.

Rodeada por las casas del consistorio estaba la gran plaza presidida por la monumental iglesia del siglo XVIII. Sólo dos callejones daban acceso. La entrada norte y la entrada sur. Por allí accedían para ir a la otra gran plaza, la del mercado. El único lugar de reunión, comercio y ocio del lugar.

Salí por la portezuela verde, como si fuera un cabestro entre agresivos toros. A la derecha del callejón norte que pertenecía al patio del acuartelamiento de infantería. Las baldosas blancas, rojas y azules colocadas con cemento de la peor calidad estaban levantadas y recorrer los ciento y pico metros que separaban la casa de la pared de la iglesia, era un cambio de dirección constante y de aleatorios brincos. El sol me deslumbró. El paredón daba al este.

Uno de los astados, un tipo uniformado de chaqueta azul y boina roja. El otro astado aunque creo que también cabestro, un cura gordo con gafas redondas que llevaba en sus manos un misal, un rosario y bonete. Iba rezando tras de mí. ¡Qué pesadez! En mis últimos minutos tener que aguantar semejante coñazo de padrenuestros, avemarías y “perdónanostodosnuestrospecados”; amén. Y el tercer toro, un militar que nos seguía y cuyo armamento, agarrado de la forma más inverosímil; consistía en una pequeña mesa y silla plegable, bolígrafo y papeles. Encargado de levantar el acta de mi fusilamiento y anotando cualquier controversia que surgiera, asistiendo al capitán en todo lo que le ordenara. El pobre hombre tuvo trabajo.

Llegamos a la iglesia. El paredón blanco, desconchado y que había sido testigo de alguna ejecución, seguro que mejor hecha que la mía. Había multitud de agujeros de impactos de bala. Manchas de sangre seca, ya marrón como cagadas de cucas. Y dos mensajes escritos a brocha gorda y con pintura amarilla: “Muerte a los traidores” y “Todo por la patria”. Me dieron la vuelta. De cara a mis verdugos, de espaldas al sol, con mi vieja camiseta de serigrafía en morado. Agradecido quedé.

Vi el ayuntamiento. Sus grandes ventanales y la piedra de cantería que formaba dibujos alrededor de sus marcos. Alguna que otra cruz y en el centro de la fachada un Bautista que recordaba que nuestro pueblo pasó por el Jordán.

Mis acompañantes me dejaron y se retiraron hasta mitad de la plaza junto al capitán. Comenzaba la gente a pasar por medio, camino del mercado; cruzar la plaza era el único modo de llegar.

Una viuda gorda de pañuelo gris en la cabeza, tiraba de su bolso con ruedas vacío además de sus hinchadas piernas llenas de varices. Comprendiendo lo que allí iba a suceder me miró y como buena creyente se santiguó y continuó su camino.

El militar escribano corrió a hablar con el responsable del fusilamiento. Un hombre moreno, alto, con gorra y gafas de sol que miraba constantemente su reloj, impaciente por terminar cuanto antes. Todavía no habían llegado los soldados que formarían el pelotón.

  • Mi capitán... ¿No sería preciso que no dejáramos pasar gente por la plaza durante la ejecución? Podríamos herir a alguien.
  • Había dado orden de prohibir el paso. Supongo que se darán cuenta y no pasarán por delante de los fusiles. La gente no es tonta, Gómez. Pero, está bien. Mejor que no haya heridos. - Dijo socarronamente - Además tenemos poco tiempo. La concejalía nos ha dejado la plaza para fusilar a éste hasta las nueve. Avise usted dentro y que salgan ya y que los municipales corten los accesos a la plaza.

Miró su reloj y bufó.

  • ¡Coño, las ocho y cuarto!

El escribano salió corriendo y entró por la misma puerta por dónde salimos. Tardó unos diez minutos y volvió. Se sentó en su puesto. Seguidamente salió un tamborilero que comenzó a hacer un redoble. Dos minutos más tarde, un grupo de cuarenta hombres salió en formación, de a dos, a ritmo de tambor; se colocaron a un lado de la plaza.

Unos municipales ataron un grueso cordón de extremo a extremo en las dos bocacalles y así se bloqueó el paso. Poco a poco los lugareños se amontonaron para ver el acontecimiento. Uno intentó pasar por debajo de la cuerda y como un rayo con un “¡Quieto jay!”, el municipal lo metió tras la cuerda.

Mandaron a colocar en fila de a uno frente a mi. Cuando el encargado se dió cuenta que el largo de la plaza no era suficiente para tanto soldado mandó a arquear la fila. Verificó que todos los soldados aproximadamente y medidos en pasos equidistaban de mi. Uno a uno, terminó de posicionarlos. La distancia era tan grande que no distinguía las caras de aquellos que me iban a matar. Puede que también por mi falta de vista. La verdad es que era de agradecer que en mi país hicieran las cosas así. Cuarenta balas, perdón, treinta y nueve si quitamos la “salvaconciencias”, disparadas al mismo tiempo; sería una forma rápida de morir.

El capitán se puso en el extremo derecho tras el último soldado y gritó.

  • Preparados

Los soldados levantaron las armas.

  • Apunteeeeeeen.

Apuntaron sus fusiles.

  • ¡Fuegoooo!

Los percutores actuaron, pero ninguna explosión.

  • ¡Espere, espere, mi capitán! - Gritó Gómez

Me subió un calor tremendo. Me miré el pecho y no había ningún agujero. Mi corazón latía a ritmo frenético, chorros de sudor caían por mis sienes. Veía todo como si fuera una película. Me temblaban las manos y una cigüeña se posó en la azotea del ayuntamiento. Me quedé contemplándola.

El escribano corrió al capitán gritando.

  • ¡¿Cómo?! - Gritó - ¡Corra Gómez. Esto no se puede demorar más!


Volvió a correr dentro de la casa y salió con una caja de madera bajo el brazo. Fue hasta un extremo de la fila de soldados y uno a uno les fue dando una bala. Llegó al otro extremo. Volvió dónde estaba el capitán y le habló en voz baja. Regresó a la fila y comenzó a contar soldados. Cuando llegó al número treinta y tres, Gómez sacó de su bolsillo un cartucho de fogueo. Pidió al soldado que le entregara la bala y se lo dio. Se acercó a mi y me pidió disculpas por el error.

  • En nombre del capitán y del mío propio queremos pedirle disculpas por lo ocurrido, no volverá a pasar. Este pelotón no ha fusilado todavía. Es nuevo fusilando. Hace poco que llegó el relevo y tenemos fallos que ya han sido subsanados. Ahora mismo continuamos con su ejecución. Créame que lo sentimos en el alma el error y sepa usted disculparnos.


Se puso firme. Taconeó. Me hizo una reverencia y se fue a su silla. Anotó durante un buen rato lo que había ocurrido y levantó el dedo indicando al capitán que había concluido. El Capitán volvió a gritar.

  • ¡Preparados!
  • ¡Carguen!

Uno de los soldados pegó el primer tiro antes de la última orden. La bala impactó a unos metros, a la altura del hombro, a la derecha de mi. Me asusté. Pensé que todo se terminaba pero el Capitán con un enfado de narices se puso delante de sus soldados.

  • ¡Aaaaaalto! ¿Quién ha sido el idiota? ¡Que se tiene que esperar a mi orden! ¡No podemos hacer sufrir más al reho! Un poco de humanidad. ¡Por favor!

Miró al pelotón y un soldado levantó la mano.

    • ¿Es usted imbécil?
    • Señor, pensé que ya la había dado, es que soy un poco sordo.
    • ¡Es usted un inepto! ¡A mi orden! ¡Todos a la vez!
    • De todas formas... y con todos los respetos, es que así con el sol dándonos de frente, es difícil acertar. En las pelis le ponen al que van a matar algo para poder apuntar mejor.

El capitán se quedó pensativo.

    • Tiene usted razón. ¡Gómez!

Gómez se levantó y corrió raudo.

    • Traiga algo para señalar al prisionero

Otra carrera más para el pobre Gómez. Entrando en la casa, saliendo, llegando, otra vez al Capitán para que diera la venia. Su camisa ya marcaba el sudor por la espalda.

    • Sólo he encontrado esto.
    • Si no hay otra cosa, Colóqueselo.

Intentó correr pero, ya cansado, caminó. Me colocó en el pecho un papelito verde fosforescente adhesivo. Volvió a taconear, reverencia y se dió la vuelta. El papel con la brisa producida por tanto movimiento se despegó y se desprendió.

- Gómez, el papel. - susurré.

Volvió la vista y miró el papel en el suelo. Me agaché y se lo entregué en mano. Volvió a pegármelo en el pecho pero ya no se adhería a la camisa.

  • Hágame el favor. Manténgalo usted agarrado ahí. Es para que sea más fácil apuntar. Créame que lo siento. Entiéndanos que es la primera vez. No encontré nada mejor. Estamos en época de vacas flacas y no tenemos ni cinta adhesiva, ni un imperdible.
  • Bueno, si no hay otro remedio. Pero que conste que le hago un favor para que no tenga más problemas, que he visto cómo está trabajando usted esta mañana. La verdad es que se merece un descanso ya. ¡Menudo trabajo!
  • Ya ve. Esto no es nada, el otro día intentaron fusilar a otro y de los cuarenta disparos acertaron sólo dos. Uno rozó y otro en una pierna. El capitán tuvo que venir a rematarlo. Unos gritos que daba el hombre. Además ha tenido suerte porque no teníamos balas y llegaron justo hoy a las seis de la mañana para su ejecución.
  • Es un alivio - murmuré
  • Bueno, le dejo a usted que tenemos sólo hasta las nueve de la mañana para fusilarle.
  • Ande, ande. Corra, no demoremos más.

Me empezaba a caer bien. Taconeo, Reverencia y giro. Caminó y habló con el capitán. Otra vez se sentó en su mesa, apuntó las incidencias en el acta y otra vez el adelante con la mano.

Un soldado con voz casi llorando y desesperado gritó.

    • ¡Yo no quiero matar a nadie!

El capitán caminó deprisa frente al soldado rebelde.

    • ¿Cómo? ¿Es usted tonto? A que le pongo en el paredón con el prisionero y lo fusilo a usted también.
    • Es que yo soy pacifista. Me metí aquí porque no había trabajo. Yo no tengo vocación para esto. Quería ser alfarero pero mi padre decía que eso no tenía futuro y esta mañana cuando me dijeron que había que matar a alguien pues me dije, Benito, que te has equivocado; que esto no es para mi.

El capitán se quitó sus gafas y sus ojos se escapaban de las órbitas. Se acercó al soldado y le arreó una bofetada tremenda. Desde otra fila se escuchó a uno gritando.

    • ¡No se pase con Ramírez, cabrón!
    • ¿Pero esto qué es? ¿Quién ha sido?

Vociferó el oficial y de las filas salió un soldado. Sacando pecho y muy enfadado hacia un capitán.

    • ¡”Chacho”, tiene razón! A ninguno de nosotros nos dijeron que había que fusilar a nadie.
    • ¿Cómo que “chacho”? ¡Respete, que soy su capitán!

El soldado que no quería disparar doblado de dolor se frotaba el cachete.

    • ¡Qué no puede ser! ¡Que yo tampoco disparo!
    • Pero si ya tienen el cartucho “salvaconciencias”.
    • Sí y Pérez lo tiene. Yo se que si disparo y le doy, mato a ese cabrón. - dijo señalándome y continuó - Tenía que haberse dado sin que nos enterásemos.

Al insultarme, salté:

    • ¡Aquí el único cabrón eres tú, hijoputa!
    • ¿hijoputa? A mi nadie me llama hijoputa

Me miró y aquel soldado broncas tiró su fusil y fue arremangandose la camisa, corriendo. Cerró los puños; a por mi. Me puse en guardia y me tiré hacia él. Tras él corría el cura que casi tropieza con su sotana, Gómez y el Capitán. Forcejeamos hasta que que nos separaron.

    • ¿Pero qué hace? - Dijo Gómez
    • Hijos míos que haya calma – El cura
    • A mi nadie me llama hijoputa. A mi nadie nombra mi madre.

Agarrado por el cura y Gómez, El soldado intentaba patearme pero ya había distancia y sus piernas no llegaban a golpearme. El capitán, sacando la pistola de su funda, disparó varias veces al cielo. Los tiros sonaron aterradores. Una paloma sin cabeza cayó a la plaza. Nos encogimos de hombros y agachamos las cabezas. Aquellos truenos me recordaron dónde me encontraba y lo poco que faltaba para irme al otro barrio.


    • ¡Coño! ¡Cago en mis cojones! ¡Que vuelvan todos a sus sitio! ¡Ostias! ¡Cagoendios!
    • Perdónalo porque no sabe lo que dice. - Dijo el cura.

Tras la trifulca y calmados los ánimos, regresé al sitio que me correspondía. Gómez agarró el brazo del soldado y calmándolo lo llevó a la fila. El cura me dio nuevamente una bendición y marchó junto al capitán. Otra vez Gómez, volvió a anotar e hizo la señal.

    • Bueno a ver si ahora. - Dijo el capitán con tono de resignación. - ¡Preparadoooooss, Apunteeeeennnn!

El ensordecedor ruido de un martillo neumático comenzó a sonar. Aunque gritara el capitán, no se podía oir nada. Miró a los obreros que abrían la zanja a un lado de la plaza tras los soldados.

- Y ahora... ¿Pero de dónde han salido estos?

Miró su reloj y caminó hacia ellos. Las bocacalles estaban atestadas de gente que quería llegar al mercado o volvían de él y los municipales no los dejaban pasar. Comenzaban a haber protestas y la algarabía iba en aumento.

    • Buenos días. Señores, pueden parar un momento. Tenemos que fusilar a un preso. La plaza la tenemos hasta las nueve y son las menos cuarto.
    • Pues sí. Es que hemos empezado temprano para ver si terminamos pronto. Hoy hay fútbol ¿Sabe usted? ¿No pueden fusilarlo mientras trabajamos?
    • ¡Hombre! Entiéndame. Es por respeto al preso y que con el martillo... pues los soldados no oyen las órdenes y tienen que tirar a la vez.
    • ¿Pero porqué tienen que hacerlo con tantos soldados? Con cuatro o cinco soldados lo fusilarían la mar de bien y no haría falta gritar tanto para que se enterasen todos.
    • ¡Calle, calle! Si tiene usted toda la razón. La normas castrenses están ahí para cumplirlas. Pero, para su información, se sabe que cuántos más soldados haya en un pelotón de fusilamiento pues más fácil es darle al reo y más rápido y menos dolorosa será la muerte. Es por humanidad. En fin. Hágame usted el favor y no haga ruido. A ver si puedo terminar con todo esto.
    • No se preocupe, que lo fusile usted bien. - y dirigiéndose a su compañero - ¡Ramón, vamos a echarnos un cortado que aquí el jefe tiene un fusilamiento!
    • Gracias, es usted muy amable. Yo voy a lo mío.

Los obreros dejaron sus herramientas y caminaron hacia el callejón del mercado. El municipal levantó la cuerda y se perdieron entre la gente. Entre tanto, las protestas de los transeúntes aumentaban. El capitán llego hasta el escribano y le comentó lo que había hablado con los obreros. Espero a que anotara y ocupó nuevamente el lugar de mando.

    • ¡Preparadooooooss! ¡Apunteeeeeennnn! ¡Aaaaaltoooooooooooo!

Desde el pelotón se oyeron preguntas.

    • ¿Qué apuntemos alto? ¿Pero no hay que disparar al papel verde?

El capitán se puso otra ven frente a sus soldados y los miró de modo inquisidor. Todos guardaron silencio mientras que dos personas cruzaron la plaza delante de los soldados, corriendo y el policía municipal detrás. Y el capitán comenzó a jurar y a blasfemar.

    • ¡Los cojooooones! ¡Cago en mi puta madre! ¡No disparen! ¡Aquí fusilo yo, por mis cojones que yo fusilo a este tío, hoy! A ver... ¡Que los municipales quiten a esa gente!

Apurando la carrera los policías sacaron a la pareja cargada con bolsas de la plaza por el otro callejón. Comenzaron a escucharse gritos de la multitud que se agolpaba en el lateral.

    • ¡Que se hace tarde!
    • ¡Que tenemos que ir a trabajar!
    • ¡Fusílenlo ya!
    • ¡Que lo maten, que lo maten!

Los policías regresaron a su sitio, Gómez anotó y volvió a hacer la señal.

    • ¡Preparadooooooos!
    • ¡Apunteeeeeeenn!

En ese momento ya daba por finalizada mi vida. Sólo faltaba una palabra. Todos, incluso yo, teníamos ganas que finalizara este esperpento. Gómez se levantó precipitadamente tirando su mesita, bolígrafo y papeles que se mecieron con el viento, hizo aspavientos y mandó parar otra vez la ejecución.

    • ¡Alto! ¡No se puede... Falta...!

El capitán resignado miró al suelo. Con voz baja, resignado, hablo a Gómez.

    • ¿Y ahora?
    • Según las normas, hay que preguntarle al preso si quiere decir algo, ofrecerle una venda y un cigarrillo.
    • Venga Gómez. Ofrézcale todo eso.
Vino otra vez a mi.

    • ¿Quiere decir algo? O ¿Un último deseo?
    • Como lo de que apunten a otro lado no creo que lo hagan pues que esto acabe ya – le dije.
    • ¿Quiere una venda?
    • Me gusta el espectáculo que están dando, no tape mis ojos, por favor.
    • ¿Un cigarrillo?
    • Dejé de fumar hace años... Creo que para el tiempo que me queda, deme uno.
    • Pues... No tengo cigarros, espere... - gritó al pelotón - ¿Alguien tiene un cigarro?

Un soldado levantó la mano. Dejó la formación y caminó hacia nosotros. Me dio el cigarro y el mechero no funcionaba. Gritó al pelotón pidiendo un mechero. Otro soldado se acercó y encendí el cigarro. Di un par de caladas. Tosí por la falta de costumbre. Todos volvieron a sus lugares. Gómez, dio su señal.

    • ¡Preparadooooos!
    • ¡Apunteeeeeenn!

La campana del reloj del ayuntamiento comenzó a sonar. Una, dos, tres, cuatro hasta nueve campanadas. El tiempo de la ejecución había terminado. De la ventana el alcalde con la mano hizo señal a sus policías que retiraron el cordón. El capitán caminó cabizbajo, pensativo, con las manos atrás agarrando su gorra. No dio la fatídica orden.

    • ¡Rompaaaaaan filas!

Gritó. Y fue caminando hacia la casa. En esto Gómez le paró.

    • ¡Capitán, no se vaya! Tiene que firmar el acta de la ejecución.
    • Mire Gómez, no me toque los cojones que ya hemos tenido la mañana.
    • Pero, las órdenes. Que no puedo archivar esto sin su firma.
    • Traiga acá.

Intentó firmar pero los papeles se le doblaban. El secretario ofreció su espalda y el capitán firmó.

Los soldados rompieron filas y entraron por dónde habían venido. Gómez ensimismado recogía la silla y la mesa. El capitán me miraba, serio. El cura hablaba con dos feligresas.

La gente comenzó a invadir la plaza en dirección al mercado. De todo tipo. Una tirando de la soga un burro que iba cargado con multitud de yerbajos. Muchas cargando sus bolsas para hacer la compra. Otros con carros con verduras, pescados, carne. Dos en una vespa esquivando a los viandantes. El cartero con su saca. El carnicero cargando con un costillar. El pescadero, los camareros y el churrero, siempre caliente.

Aprovechando la multitud y que no estaba atado, caminé y viendo que no había afán por capturarme, me escabullí entre la multitud. En mi país las cosas, a lo grande pero mal.