3
Esteban
abrió la
puerta y
entró en
el piso
de Juani.
Entró a
la sala
y abrió
los armarios
del primer
mueble que
vio. Curioseando
entre vasos,
figuras de
porcelana y
libros alguna
pista con
la que
poder localizar
el paradero
de las
dos mujeres.
Intentaba
hacer el
menor ruido
posible pero
su ansia por encontrar una pista hacía inevitable
que alguna
figura cayera
al suelo.
Cada vez
que contemplaba
una fotografía,
buscaba con
ávidez algo
que reconocer,
un lugar, una
estatua, un
paisaje, un cartel de carretera; algo.
Entró
en el
dormitorio. Abrió
la cómoda
y escarbó
entre la
ropa y
así un
cajón tras
otro. Lo
mismo en
los armarios.
No había
nada interesante.
Ya
en el
cuarto de
Eva, revisó su
mochila, libros,
apuntes.
Escudriñó su
armario
desordenándolo y
tirando al
suelo los
percheros. Se
sentó en
su cama
y observó
los pósteres
de los
cantantes
favoritos de
Eva. La
mesa de
estudios estaba
vacía y
al lado
la papelera.
Esteban metió
la mano
y rebuscó
entre folios
arrugados,
envoltorios de
caramelos y
basuras variss.
Halló
un sobre
y leyó una
dirección escrita a bolígrafo y
que le
remitía al
barrio de
San Cristóbal.
Pedro
se levantó y bajó las escaleras raudo a su coche. Arrancó
chirriando las ruedas. Cruzó la ciudad en pocos minutos llegando a
la barriada. A pie, buscó el portal y entró en él.
Subió
las escaleras y actuando con violencia mediante una patada abrió la
puerta de la casa de Sofía. Observó el viejo piso y comenzó a
andar por cada una de las habitaciones llegando al dormitorio de la
vieja. Allí encontró el baúl dónde guardaba sus hechizos
envueltos. Lo abrió y sacó un paquete que deshizo. Miró una raspa
de un pescado atada con un lazo negro. Le repugnó y lo tiró a un
lado.
Al
mismo tiempo. Bartolomé, Sofía y Eva sentados llevaban una charla
amena. De pronto Sofía puso cara desencajada y soltó un alarido.
Eva y Bartolomé se asustaron y se levantaron de la mesa prestos
cogieron las manos de la mujer. Volvió a gritar.
- ¡Los ha encontrado! ¡El jerezano! ¡Nos ha encontrado!
Pedro
rasgó el papel de otro paquete mucho más pequeño que el primero,
eran dientes también lo tiró fuera del baúl. Lo agarró y volcó
todo su contenido fuera. Miró los bultos en el suelo y los comenzó
a pisotear.
Sofía
comenzó a sangrar abundantemente por la nariz. Bartolomé cogió un
trapo limpio de la alhacena y tendiendo la cabeza hacia atrás
trataba de cortar la hemorragia. Eva había dado varios pasos atrás
y contemplaba como su abuela se convulsionaba en la silla. De un
manotazo soltado al aire, alcanzó a Bartolomé lanzándolo un metro
hacia atrás cayendo de espaldas y dándose un golpe con la pileta.
Sofía se puso rígida. Se elevaron sus pies seguido del tronco.
Quedando vertical, tan rígida como una tabla y sólo apoyada por su
nuca en el respaldar de la silla. Estuvo así unos minutos quieta
hasta que abrió la boca y exhaló humo. La neblina provocada llenó
la habitación. El frío se apoderó de la estancia. Seguido una
cucaracha salió de la garganta y caminó hasta quedarse en lo alto
del pómulo de Sofía. Luego abrió sus alas y salió volando hacia
el rostro de Eva que gritó espantada. De la entrepierna manó orina
empapando la silla y sus alrededores. La vieja comenzó a balbucear
frases ininteligibles. Se convulsionó nuevamente en el aire haciendo
bruscos movimientos con el cuello que la hacían levantar del único
punto de apoyo que tenía. Golpeando la nuca una y otra vez en el
borde superior del respaldar de la silla. Se abrieron las cicatrices
de sus brazos y el espeso líquido rojo cayó al suelo.
Pedro
se cansó de pisotear los paquetes y miró el viejo armario.
Sofía
relajó el cuerpo y cayó a plomo en la silla. Bartolomé que a
duras penas podía moverse del tremendo golpe se reincorporó y
corrió a acomodarla.
- Nos ha encontrado. Hay que prepararnos.
Repetía
una y otra vez con voz apagada. Eva trajo un vaso con agua y se lo
dio a beber. Bartolomé le limpiaba la sangre de la cara con el mismo
paño. Le dolía todo el cuerpo y tenía muy pocas fuerzas para
moverse.
Pedro
abrió el armario localizando una vieja carpeta grande. Estaba llena
de papeles. Se sentó en la cama y comenzó a revisarlos
detenidamente. Eran viejos recibos, escrituras de propiedades. Todos
amarillentos y desgastados del tiempo. Buscaba direcciones.
Referencias a lugares pero no hallaba nada en concreto hasta que un
recibo. El pago de un terreno situado en el Barranco de Las Goteras.
La fecha era reciente de hacía menos de un año. Guardó todos los
papeles en la carpeta dejando ese en la primera posición de la
tonga. Sacó un saco de la mochila que llevaba consigo y guardó los
paquetes que habían quedado intactos, la carpeta y salió de la
casa.
Cargaron a la bruja. Eva por
los hombros y Bartolomé por los pies, la dejaron en la cama. La
arroparon. Eva se desplomó en una silla situada en un rincón de la
habitación. Bartolomé se arrodilló cerca de la cabecera. Con mucho
cariño y con la faz triste, acariciaba la frente de Sofía que se
miró la palma de la mano. Su línea de la vida casi era
imperceptible. Derrotada cerró los ojos y cayó en un profundo
sueño.
Pasaron unos minutos. Bartolomé
se levantó. Agarró la mano de Eva y la sacó de la habitación. En
el quicio de la puerta Eva se volvió y la miró como se acurrucaba
aferrada a la almohada. Miró el contorno que formaba y pensó que su
abuela se estaba quedando en nada. Cerró la puerta y acompañó a
Bartolomé hasta el lugar favorito de Sofía. Se sentaron, bajo la
palmera, cabizbajos mirando el cemento.
Pasaron
las horas y sobre las siete de la tarde la luz decaía. Se abrió la
puerta de la cueva y sofía salió envuelta con la colcha de su cama
y con su escoba al revés, se apoyaba en ella. Arrastraba los pies.
Su mirada carecía de la agudeza que caracterizaba a la vieja. Su
mirada apagada. El rostro serio. No aquella miraba altiva y al frente
como de costumbre. La vista al suelo. Caminaba despacio. Los años la
alcanzaron de golpe. Su poder estaba muy debilitado y llegó a la
palmera.
- Abuela...?
Sollozó
Eva, y la abrazó. Bartolomé se quedó sentado mirándolas.
- Bartolomé, déjame a solas con
Eva. Tengo que hablar con ella.
Dijo
Sofía.
- Iré a hacer algo de cenar
Bartolomé
caminó despacio hacia la casa dejándolas a solas.
- Siento lo que te dije abuela.
Yo te quiero. No eres un monstruo.
- Eva olvídate de eso. Sí soy
un monstruo. Pero lo importante es que él nos ha encontrado. No
podemos huir pero aquí podremos hacerle frente. Es cuestión de
días. Has aprendido muchas cosas de nuestras artes. Pero te tengo
que enseñar lo más importante que tienes que saber. Sabes que
nuestro poder está en nuestra sangre y que tendrás que cortarte
para poder hacer los hechizos. Hasta ahora siempre lo hemos hecho con
mi sangre y la que tengo almacenada en la cueva. Por eso no has
tenido que hacerte heridas todavía. Pero mi vida se está agotando y
tendrás que ir tu sola. Tienes que perder el miedo al corte. Duele
pero con el tiempo te acostumbras.
Eva
escuchaba a la vieja.
-
No hará falta que me corte, ¿verdad?
Dijo
la chica.
-
Cuando llegue El Jerezano aquí necesitaré tu ayuda. Yo sola no
podré con él. Necesito que pierdas el miedo al corte. Coge de la
caja que te regalé el puñal y empieza. Es nuestro pequeño pago por
el don que se nos ha concedido.
- Abuela, no voy a poder. ¡No!
- Debes y tienes que hacerlo. ¡Otra cosa! El primer objeto que toque tu sangre será el que usarás para volar agarrada a él. Piensa un lugar y te llevará volando.
Eva a regañadientes fue a la
casa. Sofía quedó contemplando cómo el día iba muriendo. Igual
que ella. Volvió a abrirse la puerta y la nieta regresó con la
caja. Sacó el puñal.
- ¡Cariño! Cierra el puño lo más fuerte que puedas. Tienes que hacer un pequeño corte en el antebrazo hasta hacerte sangre.
Le hizo caso. Cerró el puño.
Puso el puñal en su antebrazo. Cerró con fuerza sus ojos y se
dispuso a cortar. Pero aflojó en el último momento.
- No puedo.
Empezó a llorar. Miraba a su
abuela asustada.
- ¡Circita...! Tienes que poder. Debes hacerlo.
- ¡No!
Gritó y tirando el puñal al
suelo y corrió sollozando a la casa. Sofía frunció el ceño y se
llevó las manos a la cara.
- Eva, ¡Tienes que hacerlo! ¡Es tu destino!¡Te necesito!
A la mañana siguiente. Sofía
se había levantado temprano. Cambinaba por el perímetro del
terreno. Con una botella en mano iba derramando unas gotas de sangre
cada medio metro. Cada vez que tocaba la sangre la tierra una
frondosa zarza seca brotaba haciendo imposible el acceso por esa
zona. Bartolomé, en la palmera, hacía punta a varios palos
convirtiéndolos en lanzas. Las puntas las echaba en una hoguera para
que al carbonizarse cogieran mayor solidez. Sofía terminó de
sembrar sus espinosos arbustos y volvió con Bartolomé. Echó otra
gota en la hoguera. El fuego se avivó. Las puntas de las estacas se
endurecieron aún más tornándose de un color metálico. Eva salió
de la casa pero se mantuvo a cierta distancia. Sofía la miró de
reojo y con la mano y una sonrisa la animó a reunirse con ellos.
Tímidamente la chica fue hacia ellos.
- Abuela, He estado toda la
noche sin dormir. Se que es mi destino pero ¿No hay otra forma?
¿Tiene que ser con un corte?
- Hija, es así. Cuando acabe aquí lo intentarás otra vez. Te ayudaré a pensar en otra cosa. Verás que lo lograrás.
- ¿Cómo fue tu primero?
- Estaba aterrorizada. Yo tenía mucha más edad que tú. Me emborraché la primera vez que lo hice. Sola, no quería que nadie estuviera conmigo. Por lo que se ha hablado y escrito sobre brujas lo de volar en una escoba. Por la borrachera y por la broma use como primer objeto eso, mi escoba. Tu bisabuela usó un candíl y tu tatarabuela un zurrón. Me senté en el centro de la cueva, la que luego fue casa de Bartolomé, y allí me hice el corte. Brotó la sangre y regué con ella la escoba. Luego fui con mi madre, le enseñé la cicatriz y la escoba. Me olió el aliento y me abroncó por haber elegido un objeto tan grande y por lo borracha que estaba. Pero sigo pensando que realmente aquella bronca fue porque no la dejé que estuviera conmigo en el momento de la sangría.
Ahora Eva, vete al gallinero y
coge la gallina más grande que veas y la traes.
- ¿Vas a hacer algún hechizo? ¿La transformarás en algún animal feroz? ¿En un monstruo?
- No. Bartolomé hará sopa con ella. Y un arrocito.
La vieja miró a Eva con una
sonrisa de complicidad. La chica ccorrió hacia el gallinero.
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